Jan 27
Aprende el arte de cultivar las verdaderas amistades
Redacción1 comentario
Cantidades infinitas de obras literarias, poemas, fábulas, cuentos, novelas se dedican a este tema. Así como la pintura, escultura y otras formas artísticas nos ayudan a mantener vivo este valor tan especial.
La amistad es un valor que siempre ha existido como un sentimiento profundo y natural, y como parte de la misma esencia del hombre. El hombre es un ser social por naturaleza y, como tal, siempre ha tenido la necesidad de establecer lazos de afecto.
La palabra amistad viene del latín amicus, que quiere decir amigo.
Como lo expresa Carlos Díaz, filósofo español: “Un amigo es el mayor de nuestros bienes, y el que menos nos preocupamos en adquirir… La amistad constituye el camino compartido de aquellos que trabajando o buscando juntos, se confían, se ayudan mutuamente, conviven, abriendo su amor y su esperanza a una manera de existir más perfecta”.
Cada virtud necesita de un hombre, pero la amistad necesita dos.
La amistad es más que un sentimiento, es un valor que se vive entre dos o más personas que se necesitan para mejorar juntos. Sólo un diamante puede pulir a otro diamante para lograr que sea hermoso. La verdadera amistad busca la unión y el servir desinteresadamente.
Este valor en sí mismo se compone de otros valores que lo hacen único: lealtad, perseverancia, generosidad, compromiso, respeto, pudor, autenticidad, servicio, perdón. Es una virtud que hace a la persona tan rica como rico es este gran tesoro.
¿Amigo de tus hijos?Mucho se ha hablado de que los padres deben actuar como amigos de sus hijos. Esto de actuar pudiera resultar confuso si se pretende ser como el “cómplice” de nuestro hijo.
La amistad entre padres e hijos es más que sólo actuar o pretender ser amigo. Los hijos necesitan que sus padres les dediquen un tiempo especial que dará fruto en la amistad.
En este tiempo especial, los padres irán sembrando la confianza y la seguridad tan necesaria para el desarrollo del hijo. Desde el tiempo de jugar con ellos cuando aún son pequeños, practicar juntos algún deporte o afición y realizar juntos algún servicio.
Como lo dice Carlos Durán Múzquiz, profesor entregado a la formación de jóvenes, los padres tenemos que dedicarles “muchas horas” a nuestros hijos para escucharles antes que hablarles, y atenderlos con prontitud cuando necesitan de nosotros.
Con esto se irá estableciendo la comunicación tan necesaria para crear la confianza y seguridad que beneficiará la amistad.
Bases para la amistad
Es importante que dentro de la misma familia se procure un ambiente positivo donde la amistad entre sus miembros sea el mejor ejemplo para todos.
La misma convivencia en el hogar, de la forma en que participan todos, desde los más pequeños hasta los padres, son formas de ir educando la amistad.
Para un niño que está acostumbrado a no tener responsabilidades en su casa, que no ayuda en las tareas propias del hogar, que no tiene interés en atender a las necesidades de otros, será difícil tener una auténtica amistad.
Si por el contrario, la familia procura apoyarse de forma regular, es decir, se asignan encargos como cuidar a algún enfermo, ayudar con la tarea a un hermanito más pequeño, leer un libro…, todas estas cosas en conjunto forman a quienes sabrán ser desprendidos para ser verdaderos amigos.
Al mismo tiempo que dentro del hogar se procura el servicio a los demás, el trato entre los miembros de la familia es muy importante.
Aquí entran las reglas de cortesía, que es la sencillez misma de procurar que la otra persona se sienta bien a nuestro lado: comer con la boca cerrada, no interrumpir la conversación, esperar el turno, no andar sucios o despeinados, vestir bien, dar las gracias y no usar palabras vulgares. Cada familia es distinta, pero hay que cuidar siempre el trato a los demás por amor.
¿Cuándo empieza la amistad?
Es muy natural que desde pequeños los hijos busquen a sus compañeros, tengan juegos propios y también pleitos.
La tarea de los padres es enseñarles el valor de la amistad con el ejemplo y lecturas de buenos libros. A medida que pasa el tiempo, y según la madurez de cada uno, irán reconociendo una verdadera amistad y la podrán ir haciendo crecer.
Cerca de los 12 años, el hijo ya tiene la capacidad para escoger a quienes serán sus amigos. Por esta razón, es muy importante involucrarlo en actividades deportivas, culturales, parroquiales, donde podrá compartir gustos y tener metas comunes.
El hogar debe ser un lugar en donde los hijos puedan invitar a sus amigos. Es una buena oportunidad para los padres de conocer mejor a los muchachos con los que conviven. No se trata de descalificarlos o verlos con ojo crítico, sino de tener una perspectiva y hacer los comentarios oportunos si son necesarios.
Con los hijos hay que ponerse de acuerdo sobre la forma de comportarse en la casa con amigos, en qué lugares puedan estar, horarios de visita y también qué se les puede ofrecer.
Puede resultar cómodo para los padres tener un hijo que prefiere encerrarse y no invitar ni salir con amigos, pero a la larga puede ser contraproducente. A los tímidos, como a los que creen que no necesitan de nadie, hay que ayudarlos a que tengan confianza en ellos mismos, que compartan sus conocimientos, aficiones y que aprendan de los demás.
A los que cambian de amigos constantemente es importante que vean a los amigos no como objetos que los tiro cuando no me sirven, hacerles ver que en el ayudar y comprender a los demás está la verdadera amistad.
Amigo o cómplice
A los hijos es necesario ayudarles a reconocer la diferencia entre un amigo y un cómplice.
Un amigo no es quien te invita a hacer el mal, un amigo te apoya a hacer el bien. Una mala compañía favorece más el vicio que al desarrollo de una virtud.
Se le puede preguntar a los hijos: ¿a tu amigo lo puedes presentar ante tu familia con dignidad?, ¿te gustaría que fuera el esposo o esposa de algún hermano tuyo?, ¿te invita a probar cosas que te incomodan, que están fuera de tus valores?, ¿actúa a escondidas?
Por su parte, se le puede preguntar a los padres: ¿conoces las amistades de tus hijos, los llevan a la casa, a dónde van cuando salen, qué hacen juntos?
¿Ha cambiado algún hábito o forma de actuar: calificaciones, ropa, lenguaje, trato con la familia?, ¿cómo decora su cuarto, quiénes son sus ídolos, qué ve en la televisión, qué hace en internet?
No se trata de ser detective con los hijos. La buena comunicación y la confianza ayudan a poder actuar a tiempo y de la mejor manera posible con los hijos.
Como menciona Durán Múzquiz, “tenemos que hacerles ver que lo importante es que sean auténticos hombres o mujeres. Todo lo que rompa con esos valores de la persona, aunque parezca verdadero y genuino, no es más que una auténtica falsedad rellena de nada”.
Reconocer la importancia de las buenas compañías, procurar a los hijos ambientes sanos, hacer proyectos en común, todo esto son herramientas que permitan a los hijos cuidar una verdadera amistad.
Ejemplo a seguir
Helen Keller y Anne Sullivan
Helen Adams Keller (foto) nació el 27 de junio de 1880 en Tuscumbia, Alabama, Estados Unidos. A los 18 meses de edad enfermó de fiebre. A raíz de esto quedó ciega, sorda y muda.
Posteriormente, la docente Anne Mansfield Sullivan, del Instituto Perkins para Ciegos de Boston, fue contratada como maestra cuando Helen cumplió los 7 años. Ella también había padecido problemas visuales desde pequeña por una infección en los ojos.
Tuvo varias cirugías para corregir los daños, pero no alcanzó a recuperarse por completo. Había vivido la discapacidad visual y sabía bien cómo ayudarla.
Anne, a sus 20 años, logró un milagro: a través del tacto le enseñó a Helen el lenguaje de señas y a leer y escribir en el sistema braille. A los 10 años, Helen aprendió a hablar.
En 1898, Helen ingresó en Cambridge School for Young Ladies. Después, en 1900, ingresó a Radcliffe College. Se graduó con honores en 1904.
Keller se consagró de por vida al estudio de los ciegos y sordos siguiendo el ejemplo de su querida amiga y maestra Anne Sullivan que con tanto amor y dedicación apoyó a Helen durante todo el tiempo.
Esto es un ejemplo de cómo acercándonos, tocando los corazones de la gente es como nacen las verdaderas amistades.
El antivalor
El antivalor de la amistad es la soberbia. Una persona soberbia y egoísta:
· No se interesa por los demás.
· No se preocupa por conocerlos.
· Cree que no necesita de nadie.
· En el fondo, sufre por no tener con quién compartir.
Fuente: El Norte.com



muy buena ydice la verdad te felicito
06/01/2010 a las 7:23 pm